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El Arado

Ahora trabaja en El Arado. En realidad ya lleva varios años en esa chamba, pero hace mucho que no lo veía o no le prestaba tanta atención (fue inevitable, pues se diría de él que, al parecer, vive en precarias condiciones: su aspecto me provocó una profunda lástima, esa maldita conmiseración que me jode sentir por los demás). La tarde del sábado, mientras esperaba al Búho para tomar unas cervezas, lo empecé a seguir con la mirada (de reojo, por supuesto, para no incomodarlo). Yo estaba ansioso, como me suele ocurrir cuando espero a alguien para empezar a beber.

Compré la cajetilla de diez cigarrillos, los mentolados.
—¿Por qué compras mentolados? —me recriminan mis amigos y en especial el Búho—. ¿No sabes que te vuelven estéril?
—Leyendas urbanas… —les digo riendo como si, en el fondo, me preocupara el asunto. A ellos sí. Pero Ezequiel no es ninguna leyenda urbana. Era mi vecino del barrio en La Arboleda. Un vecino bastante especial. Sólo salía de casa con su madre, una mujer delgada, pálida y nerviosa, que se maquillaba mucho. Siempre caminando detrás de ella, silencioso, recóndito, mirando como idiota, murmurando algo ininteligible que sólo aquella señora comprendía, o fingía comprender.

Todavía éramos niños, no recuerdo a nadie burlándose de Ezequiel. Y no lo recuerdo porque jamás salió al parque a jugar con nosotros. ¿Qué pasaría con él? ¿Con qué extraña tara había nacido?

Pasaron los años. Crecimos, muchos dejamos el barrio, pero él no. Sé que su madre murió a fines del año 2009 de un cáncer al pulmón y Ezequiel ahora vive solo, o quizá con algún familiar. Ezequiel no tenía hermanos.

Está todo el día allí, apostado en la puerta, con una visera tan raída como su casaca de cuero. Vigilando los autos, recibiendo propinas de los comensales. El Arado, en sus buenos tiempos, fue una concurrida cantina que acogía a los jóvenes universitarios ávidos de noche y alcohol, luego devino en un restorán que ofrece un menú modesto.

No es el portero, tampoco el guachimán de ese local de medio pelo. Es demasiado inepto para ambas cosas. Está arrugado. Con eccemas en el rostro. Me dieron ganas de acercarme y preguntarle si me recordaba, pedirle que me contara cómo andaba el barrio… Bobadas, las bobadas de siempre, ocurrencias inocentes: qué podía decirle, cómo entablar el diálogo si nos conocíamos sólo de vista.

A golpe de seis de la tarde termina su jornada: cuenta las monedas y saca del local una bicicleta montañera, se sube a ella y cuatro perros lo persiguen. ¿Podrá criar a tanto can este pobre diablo?, pensé. No lo creo.

Pasa delante de mí y los perros ladran, intentan morderle el pantalón. Él, precavido, se detiene en el cruce con la avenida y los perros continúan con el asedio.
—¡Mira cómo lo persiguen! —exclama un universitario de lentes oscuros que debe frisar los veinte.
—Es un retardado —añade su compañero con un relente de burla.
—No sé, pero esos perros le quieren dar vuelta.
—¿Dices que se lo quieren culear?
—Sí —y las risas son estentóreas, llegan hasta Ezequiel, que quizá las comprende, pero decide ignorarlas. No le queda de otra.

Sonríen e imaginan qué ocurrirá cuando llegue a las chacras de bajo el puente. Quisiera aproximarme y decirles que los que se quieren culear son ambos, par de rosquetes. Mandarlos a la mierda. A veces siento que de pronto me aflora una fláccida solidaridad por los pobres diablos, inútiles o tarados… por mi tío Julio, el esquizofrénico de la familia, el hermano de mamá. Mi tío Julio es sólo un pretexto para ocultar mis propios temores: terminar así, loco, en la calle, cuidando automóviles, vigilando casas, pidiendo una propina en cualquier esquina para comprarme una chata de trago o un cigarrillo barato (ojalá mentolado). No me gusta pensar en eso pero es una posibilidad latente. Y tengo miedo.

El Búho no llega y se me da por ir a mi antiguo barrio. Apago mi celular. Camino rápido, enciendo un cigarrillo con la colilla del otro. Bajo el puente y veo las calles de mi infancia. Entro a la bodega y Fidel, quince años menor que yo, sostiene a una criatura.
—¿Cómo estás, Orlando? —me pregunta exudando beneplácito.
—Acá, de visita.
—Este es mi hijo.
—¡No me jodas!
—Sí, ya tiene nueve meses.

Recordamos a la gente, a Cristian que murió de sobredosis —“se volvió metalero y encontró una mala mujer”, me comenta con pena—, a Jesús que lo mandaron al cuartel para corregirlo (“terminó en Pucallpa”, me dice, “y le perdimos el rastro”).
—¿Y qué es de Ezequiel?
—¿De quién?
—De Ezequiel —insisto—. El de la bici…
—Ah —comprende de inmediato—. El cojudito…
—Sí, el cojudito. ¿Qué es de su vida?
—Trabaja por la universidad como vigilante en un restorán que es de un tío lejano. Y vive solo. Va y viene en su bicicleta todos los días.
—¿Y no habla con nadie?
—¿De qué va hablar si ni sabe hablar bien ese huevas? Vino mal de fábrica…

Le pido una gaseosa helada y me cuenta de la gente nueva, de que las cosas ya no son como antes. Ahora el parque está muerto: “parece un cementerio, ya nadie va a jugar allí”, me informa. “Todo ha cambiado”.

Es verdad: más rejas. Rejas por todos lados y un sabor a nada, extrañeza. Me despido con un abrazo y me dirijo a la casa de Ezequiel.

Paro en medio de la pista y cierro los ojos: me veo jugando a los carnavales, persiguiendo a Doris con mis zapatos ortopédicos, jugando a las canicas con los hijos del comandante Córdova.
—No le diste, Mazeyra —se burlaba Toño Córdova—. Eres un pajero.
—¿Un qué?
—Un pajero, a ver estira la mano, estírala, pues, y ponla rígida para que veas como te tiembla: pajerazo.

Y volver a casa y preguntarle a mamá qué quería decir pajero. Y el gesto de amonestación antes de santiguarse: cochinadas, tonterías, no repitas. Sí, tenía que ver con el sexo y todo eso era sucio. Tú tienes que ser puro, me gustaría que fueras cura o hermano de La Salle. ¿Me escuchas, hijo?
—Sí, mamá.
—¿Qué es el sexo?
—Algo sucio. Pecado.
—¡Muy bien! Ahora vamos al jardín que yo misma te voy a enseñar a jugar a las canicas.
—¿Tú sabes jugar, mamá?
—Claro, aprendí con tu tío Julio.

Mi tío Julio le enseñó a jugar a las canicas a mi madre, a construir cometas con carrizos y a jugar al fútbol. El tío loco que le enseñó tantas cosas importantes a mi vieja también vive solo y abandonado; y yo aquí preocupado, en medio de la calle, preocupado por un idiota al que sólo conozco de vista.

Decido tocar la puerta.

Nadie responde. Insisto.

Cuando decido irme, la puerta abre apenas, despacio, y reconozco un gesto huraño que emite un ruido que espanta.
—Ezequiel, ¿te acuerdas de mí? —decido romper el hielo sin ir por las ramas. Abre un poco más la puerta quizá para mirarme mejor. Aunque es probable que me esté invitando a pasar. No sé qué hacer. Estiro mi mano para saludarlo y me lanza la puerta violentamente.

Me retiro deprisa y enciendo el celular. Varios mensajes de texto del Búho: “¿dónde estás? Ya llegué hace rato a la cantina. ¿Vienes o no?”.

Lo llamo y me disculpo:
—Espérame, Búho, que ya llego.
—¿Dónde andas?
—De visita.
—¿Visitando a quién?
—A mi tío Julio
—¿Al que dice que jugó con Garrincha?
—Espérame: ya te voy a contar.

Y, mientras bebemos, le contaré una historia. Es decir, mentiré. Visitaré a mi tío, con palabras —gastadas estratagemas, lugares comunes—, para olvidarme de Ezequiel y de su miserable existencia. Inventaré una historia para sentirme menos ingrato, mejor persona: en suma, un sobrino diligente. Terminaré ebrio, sin embargo, una imagen no me dejará dormir: la de El Arado. Lo veré a mi tío allí, subiéndose a una bicicleta y despidiéndose de mí para siempre. Y cuando alguien decide irse no puedes mentir. Si lo intentas, sabrás que no sirve de nada.

Orlando Mazeyra Guillén, Perú © 2015

mazeyra@gmail.com

http://orlandomazeyra.blogspot.com/

Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980) ha publicado tres volúmenes de narrativa: Urgente: necesito un retazo de felicidad(2007), La prosperidad reclusa (2009) y Mi familia y otras miserias (Lima: Tribal Editores, 2013), sobre el cual existe un blog:
http://mifamiliayotrasmiserias.blogspot.com/

© Fotografía del autor tomada por Johanna Zenteno, 2010.

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