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La prostitución de las palabras

  

(…) Buscando un sentido
a una práctica tan antigua
como la prostitución de las palabras
que nos llevan a todos cuesta abajo
y arriba y abajo y arriba
y por un lado como sacos de mierda
directo al fondo de los placeres redimidos (…)

Daniel Rojas Pachas

  
¿Cómo comenzó todo esto? Recuerdo que cuando sólo restaban un par de días para el día de mis cuarenta años, el cartero llamó a la puerta de mi departamento, para entregarme un paquete de libros que, junto a una risueña tarjeta de cumpleaños, me enviaba mi hermana Adela desde algún rincón de Palma de Mallorca.

Todos eran libros de ficción y, también, del mismo autor. Es por eso que, sintiéndome partícipe de un absurdo y efímero juego de lotería, tomé al azar uno de los cuatro y me sumí en el placentero viaje de La tregua. Viaje del que, al parecer, no retornaría nunca.

Me bastó menos de una tarde terminar de leer esa novela disfrazada de diario personal. Pero ––ahora debo reconocerlo sin ambages––, me tomaría mucho más tiempo asimilar la caterva de repercusiones que tuvieron en mí esas páginas que, de alguna manera que hasta el día de hoy no llego a comprender con precisión, me aguijonearon para que tomara decisiones poco meditadas y ––según mi abuela, que casi nunca falla–– totalmente descabelladas que le darían otro talante a mi porvenir.

Al cerrar el libro, no sé por qué, me acordé de la cafetería de letras de la Católica, de los consejos de Bryce, la avenida Javier Prado por la noche, la biblioteca de Los Reyes Rojos durante el día, y la casa de los abuelos en Chacarilla del Estanque. Después de ese abrupto desfile de imágenes ya todo estaba dicho. Por eso lo decidí sin permitir resquicios para duda alguna: voy a darme una tregua y sanseacabó. El día seis renuncio y, apenas pueda, me regreso a Lima para escribir mi primera novela.

Creí, en primera instancia, que mi argumento (no el de la novela que pensaba escribir, por supuesto, sino el que utilizaría para justificarme frente a los escépticos de la literatura) era irrebatible: después de una década de trabajo ininterrumpido en una ciudad que, a pesar de sus encantos, no era la mía; tenía todo el derecho del mundo de tomarme un año sabático que me permitiera volver a casa para hacer lo que siempre quise (y nunca pude hacer a tiempo completo): comparecer ante la hoja en blanco y pedirle que fuera mi cómplice en este honesto intento de luchar contra mí mismo ––para ser más exacto, contra la otra mitad de mí que renunció a lo que una vez, la unidad toda de mi ser, creyó irrenunciable: escribir––. El duelo, sin duda, sería encarnizado. Sabía muy bien que sólo tenía chances de ganar si conseguía escribir algo que valiera la pena de ser leído. Es por eso que no había nada mejor que una hoja de papel para poder manifestarle, sólo a ella, lo que sentía. Y sentía que todas mis fuerzas estaban concentradas a fondo en la tozudez de aprender a escribir de una vez por todas... y para siempre.

Todo quedó celosamente planificado para el día de mi cumpleaños. En la mañana recibí un previsible y generoso agasajo de todos mis compañeros que culminó con la consabida apertura de regalos: lapiceros, agendas para el próximo año, una pequeña cafetera, pañuelos, un cuadro con vivos motivos incaicos, etcétera. Y cuando volví, ya renunciante, de la oficina de César Lazarte, Gerente General de Michell, abrí el editor de texto y rompí fuegos redactando las primeras dos palabras de mi tan ansiada tregua personal:

					Lo hice.

Recuerdo que entré con cierto temor a su espaciosa gerencia. Terminó de hablar por teléfono con un cliente de Canadá y me reiteró sus buenos deseos en esa fecha tan especial y me prometió una decorosa mejora en mi salario para el verano entrante. Yo le agradecí el detalle con un gesto condescendiente y le entregué mi carta de renuncia sin hacer mayor comentario.

¿Por qué te vas?, preguntó al terminar de revisarla. Porque quiero darme una tregua, le dije sintiéndome soberanamente tonto. No te entiendo. Porque quiero escribir, respondí convencido. ¿Escribir qué cosa? Una novela, señor Lazarte, quiero ser escritor. Una sonrisa incrédula moduló su semblante: dejémonos de bromas, Duarte, y no perdamos el tiempo porque hoy tiene que salir todo el pedido de Lacoste, tú sabes que estamos muy atrasados con esa cuestión. El pedido saldrá de todas maneras hoy, señor, y yo me iré dentro de un mes, pues me parece un plazo prudencial para entrenar a mi sustituto.

Se puso de pie y empezó a caminar por la oficina tratando de atajar su enojo: no necesitabas recurrir a este tipo de artimañas para solicitar un aumento, nunca me han gustado las presiones, Duarte, deberías ser más directo conmigo. No son presiones, le aclaré, son decisiones: tengo mucho cariño por la empresa, he cumplido ya diez años acá y en todo este tiempo me he dado por entero, pero mi decisión nada tiene que ver con la cifra de mis ingresos mensuales, señor Lazarte. Se trata de los afectos, mis afectos. ¿Qué afectos?, preguntó y se encontró con mi silencio más irrevocable.

No quise quitarle más el tiempo y me retiré de la gerencia general. Regresé a mi escritorio y, luego del "Lo hice" en medio de la pantalla, me puse a escribir mentalmente algunas líneas que serían la antesala, algo así como los gérmenes de mi novela.

¿Dicen que te vas?, me preguntó Lucía. La noticia había corrido como reguero de pólvora por toda la oficina. Incluso algunos pensaron que, en un arrebato descomunal, había tomado la decisión justamente esa mañana, y llegaron hasta el disparate de felicitarme por ser tan cabalístico: cuando renuncias el día de tu santo te ganas la lotería o viajas al extranjero, eso nunca falla. ¿Acaso hablaban en serio? Otros pensaron lo de siempre: que detrás de mi decisión sonreía una mejor oferta laboral. Bien que te lo tenías guardado, ¿no?, me dijo Gabriela, la encargada de personal. No tengo nada guardado, rectifiqué muy cortante. Ya pues, seguro es una minera: ¿Cerro Verde o Southern? Nada de nada, de ahora en adelante quiero hacer nada, ¿me entiendes? Bueno, bueno, si no quieres contarme, no insisto, pero no es para que me digas mentiras. Está bien: te estoy mintiendo, soy un mentiroso entonces.

Pasados los treinta días y habiendo entrenado a medias a mi sustituto, fuimos a El Ancla, una acogedora cevichería cercada por chacras que le dieron un tono bucólico a mi despedida de Michell. En medio de mixtos, parihuelas y las pantagruélicas jaleas, nos contamos chistes, rescatamos historias compartidas, frustraciones sentimentales y un sinnúmero de anécdotas por las que habíamos pasado en la oficina del barrio de San Lázaro (que, según escuché, era el más antiguo de Arequipa). Los vasos de cerveza helada iban y venían y la melancolía puso también su buena tajada: eché a llorar emocionado y les dije que no quería irme, pero que igual me iba, la decisión ya estaba tomada. Luego vomité dos veces. Me contaron que después resbalé en el baño y que me llevaron cargado a mi departamento. Al día siguiente seguí vomitando. Por la tarde acudí al aeropuerto y separé un pasaje para la mañana siguiente.

Me despedí de los amigos más queridos: el señor Ramírez de la librería Aquelarre; Villeguitas, el mecánico de mi auto; dona Crecencia, la señora que me arrendaba el departamento por una cifra irrisoria; y Johanna, mi ex enamorada.

Caminé por última vez por las aceras del viejo Puente de Fierro y subí morosamente por la avenida Parra. Compré un cigarrillo llegando a La Merced y me puse a observar a la gente que estaba en el paradero de servicio urbano. Rostros cetrinos perdidos en el espacio y, en otros casos, miradas desprovistas de todo color y toda esperanza. Gentes absorbidas por la cojudez de la rutina que ignoraban que yo, sin querer, me estaba despidiendo de ellos.

Todavía ignoraba que me despediría también de la escritura. Pero esa es otra historia que empieza con un avión Boening 737 cayendo sobre las aguas del mar de Ventanilla: gentes desesperadas configurando la antesala de la muerte en sus caras, yo braceando; mujeres gimoteando y repitiendo los nombres de sus esposos e hijos; yo braceando. La atroz soledad en medio del mar y yo braceando. Hay muchos náufragos que alcanzan la fama por un día (que a veces se alarga un poco más). Sé de muchos de ellos que le cuentan sus dramas a la prensa, aparecen en los noticieros y la gente se agolpa para verlos y tomarse alguna foto o darles la mano…

Cuando por fin llegué a la orilla, supe que necesitaba una tregua de otro calibre; pues la vida está por encima de todo (fui el único sobreviviente pero nadie supo de mí porque me oculté en la casa de los abuelos). Entonces, mi renuncia laboral, y mis insondables ansias de escribir por fin la gran novela, me resultaron tan bobas e intrascendentes que ni siquiera pude llorar de alegría. Caí sobre la arena como un tronco pero me sentí un saco de mierda.

Todavía sueño con ese el día más triste y, a su vez, más feliz de mi vida. Cuando reo de la angustia más insoportable, nadaba como un poseso sin quitar la mirada a las lejanas costas del Pacífico. La fatiga era una invitación a la muerte, pero había algo en mi interior que me empujaba a seguir en la brega. Alcanzar las orillas, llegar a casa y escribir las únicas dos estúpidas palabras que podrían resumir mi vida de una manera tajante, diáfana, sin mancharla ni prostituirla:

					Lo hice.

Arica, 29 de enero de 2010

Orlando Mazeyra Guillén, Perú © 2009

mazeyra@gmail.com

Orlando Mazeyra Guillén nació en Arequipa en 1980. Acaba de publicar su segundo libro de relatos La prosperidad reclusa (Cascahuesos Editores) y, gracias a sus antifaces, es colaborador esquizofrénico e impenitente del Proyecto Sherezade.

Lo que el autor nos dijo sobre el cuento cuento:
La presentación de mi segundo libro de relatos me dio la grata posibilidad de darme una vuelta por Tacna y Arica, dos ciudades hermanas, a pesar de un pasado sangriento (la guerra del Pacífico que enfrentó a peruanos y chilenos). Pisando el Morro de Arica (que hace más de una centuria fue peruano), sentí que, en el proceso creativo, a veces queremos ser ‘algo’, pertenecer a ‘algo’ que, por suerte, no se puede definir o agotar con palabras.
Sucede que, en nuestras tentativas literarias, muchas veces prostituimos las palabras, olvidando que –sobre todo en este caso– por encima de las banderas, las fronteras o los dolores individuales o gregarios, está la lucha diaria, la brega íntima por ganar un nuevo día (o perderlo con sapiencia, si acaso eso es posible). El epígrafe pertenece a un joven escritor nacido en Lima, pero radicado en Chile: un compatriota y, a la vez, un extranjero. Quizá dos banderas son mejores que una. O algo mejor: dos banderas te permiten deshacerte de todas, sin prostituir tus raíces. Ser alguien capaz de decir: lo hice.

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