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Un café en El Capriccio

            Soy un hombre de impulsos, seguramente por eso soy escritor. Nunca pienso las cosas. Siempre hago ––o escribo–– lo que me venga en gana. Y porque me dio la gana: así, de la nada, y tratando de obviar descaradamente todo lo sucedido, tomé el teléfono y marqué ese número memorizado desde la tarde de nuestro primer encontrón en la biblioteca del Instituto de Idiomas: 959347599.

            Timbró varias veces y, en cada una de ellas, recordé que no había nada más que decir (mi estupidez había hablado por mí y por toda mi descendencia). Lo mejor, ahora, era callar. El contestador automático me pidió que, de haberlo, dejara grabado mi mensaje.

            Pasé un poco de saliva, respiré hondo y solté lo que me salió del forro:
            ––Si me sigues pensando, estoy aquí.

            Colgué y me sentí el sujeto más cursi de toda mi generación. "Si me sigues pensando, estoy aquí", repetí riéndome nerviosamente. ¿Estoy aquí? ¿En dónde? ¿En la puta madre que me parió? De un tiempo a esta parte el no estar en ningún lado era mi afición predilecta. Justamente por mis constantes desapariciones es que había estallado esa olla a presión apremiante en que se había convertido nuestra relación.

            Las piernas me pesaban, o era acaso el peso de la vergüenza que descendía por mis muslos y se iba sedimentando en la planta de mis pies. Este tipo de cosas no hacen más que confirmar mi vieja teoría de que nuestro estado de ánimo suele reflejarse en nuestros miembros inferiores.

            Volví a coger el teléfono. Ahora lo hice con una cuota de seguridad que no había asomado en mucho tiempo. No podía mostrarme arrepentido. ¿O sí? Sería como darle la razón. ¿La razón de qué? Por mi culpa nada tenía sentido. ¿Y acaso el amor lo tiene?

            Contra todo pronóstico contestó a la primera timbrada. Sorprendido, alcancé a construir mentalmente el borrador de mi alegato más parco y, luego, lo escupí sin tartamudear:
           ––Esto que te pasa, en realidad a mí me ha pasado muchas veces, ¿o crees que a mí no me han hecho perradas? Que sientas que todo lo construido se ha desplomado es comprensible. Y, sí, yo tengo la culpa. Pero los tropezones siempre van a estar ahí, jodiendo, molestando. ¡Date cuenta! ¡Juntos somos más que toda la adversidad multiplicada por el dolor que te embarga!
            ––¡Qué ridículo eres cuando rebuscas o inventas frases! ––replicó ofendida––. Acá no se ha desmoronado nada. Ahora lo sé: nunca hubo nada, solo un espejismo… esos que construyes cuando te acabas el vino. Solo pretextos para entrar en mi casa, en mi vida, en mi intimidad… "Juntos somos más que toda la adversidad multiplicada por el dolor que te embarga", y lo dices con ese tono hipócrita que confirma que como escritor eres y serás un fiasco. No lo digo con alegría, lo hago con pena, pues no vales ni un centavo. Me basta escucharte para saber que nunca quisiste nada conmigo.
            ––Estoy listo para casarme ––le espeté sin pensarlo––. Mañana mismo si quieres. Te doy la razón: no sirvo como escritor, pero como hombre te juro que sí. Quiero casarme contigo.

            Tuvieron que pasar varios segundos para que se me ocurriera que al otro lado de la línea ya no había nadie. ¿Me había colgado? No. Una respiración agitada y seguramente las primeras lágrimas. Las primeras o las últimas.
            ––Siempre fuiste un buen actor… ¡Un actorazo! Con todos, Héctor, menos conmigo.
            ––Lo sé, Mariana.
            ––Entonces tu matrimonio puedes metértelo por el culo.

            No sé si colgó o tiró el teléfono contra la pared. Siempre que se dejaba ganar por la ira destrozaba sus celulares, sus espejos y todo aquel objeto que tuviera a la mano.

            Ya eran las cuatro de las tarde. A las cinco había pactado una cita con su madre en el café El Capriccio de Mercaderes. ¿Qué le diría a ella? Esto se me estaba escapando de las manos. Lo más extraño de todo es que, en vez de acongojarme, disfrutaba. Imaginar todo lo que, de aquí en más, podía suceder, me producía un orgasmo mental tremendo. ¡Qué retorcido debo ser para gozar como el que más con este tipo de circunstancias!

            Había llegado a una situación límite y quería seguir tirando de la pita que, en este caso, era como jalar la cadena del excusado para sumergirme para siempre en mi propio excremento.

            Al entrar a la cafetería la alcancé a reconocer en uno de los asientos del fondo. No llegué a sentarme y ella largó una pregunta que, desde luego, me pareció burda:
            ––¿Y cómo está?
            ––Destrozada: todo se acabó.
            ––Cálmate, cálmate ––repitió nerviosamente y prendió el que debía ser el primer cigarrillo de su segunda o tercera cajetilla del día––. Tú tienes que hablarle bonito, con todo tu verso. Ya sabes a lo que me refiero: yo la conozco mejor que nadie, te va a perdonar.
            ––¿Estás segura?
            ––Segurísima, Héctor. En un año, o a lo mucho dos, nos vamos a reír de todo esto. Sólo será un mal recuerdo. ¿Me entiendes?
            ––En verdad, no. Estás más confundida que yo: cualquiera diría que no eres su madre.

            Ahora que la veía dando caladas morosas al cigarrillo y tratando de disimular sus nervios mientras frotaba su anillo de matrimonio, comprendí que ella no era su madre. Era una intrusa. Una mujer calculadora y pendenciera que creía que el mundo le tenía una deuda pendiente. Estábamos hablando de su única hija y ella tomaba las cosas tan a la ligera que sentí un vértigo que me hizo tomarla de las manos:
            ––Siento que me voy a caer, ¡sujétame!
            ––Ay, Héctor, vértigo es el que sentí ayer cuando me hiciste caer de la cama ––bromeó acomodándose la blusa después de soltarme.
            ––¡Qué cosas vienes a recordar, estás tronada!
            ––Dime lo que quieras, pero de no ser por la caída ella nunca hubiera entrado a la habitación. Para todo hay que tener control, papito, inclusive para eso, ¿entiendes? Todo en exceso mata… hasta eso… no sabes cómo me duele la cadera.

            Y mientras hablaba hasta por los codos se dio tiempo para presionar mi sexo con uno de sus pies por debajo de la mesa.
            ––Me siento un perro, Susana.
            ––Acá tienes a tu perra ––me dijo con esa mirada ardiente que me hizo perder la cabeza ese fin de semana que fui a buscar a su hija y no la encontré en casa––. No eres más que un escritor, un gran escritor que quiere vivir… y vivir es…
            ––Ir contra natura ––musité escudriñando al monstruo que yo mismo había creado.  
            ––Exacto: "Vivir es ir contra natura, ¿si no para qué vivir?", me lo dijiste desde nuestro primer revolcón, así como tú los llamas. ¿O crees que ya me olvidé de tus historias sobre Poe y su sobrina, Vargas Llosa y su prima? A Onetti no le bastó una, fueron dos, ¿verdad? Y, ahora tú, que eres más osado: conmigo y Marianita; eres un escritor, pues, no hay nada que reprocharte. No te arrepientas, Héctor, que nos has hecho muy felices. Y si ella no te perdona, yo te puedo ayudar a encontrarte, quiero ser tu musa.

            ¿Estaba hablando en serio o todo era parte de una monumental chifladura? La vi como nunca antes la había visto: una mujer insatisfecha, una cincuentona ardiente que me hacía retozar en esa cama de dos plazas que yo invadí tantas veces que ya no podía contarlas. Todavía puedo ver ese delantal tan mono y ese par de pechos veteranos que por alguna extraña razón me hicieron pensar en su marido ausente:
            ––¿No quieres un cafecito?
            ––Sí ––respondí dejándome llevar por ese andar remolón.
            ––Ya se te va a pasar el mareo ––me dijo convencida––. Además, tenemos que ir a que me marees a mí, muñeco.

            Habíamos perdido la cabeza. Tantos libros, tantos polvos. Le hablé de Edgar Allan Poe, Onetti y Vargas Llosa. Siempre traté de justificarme con el más absurdo de los argumentos. No sé por qué pero, de pronto, temí que ella me preguntara si acaso todos ellos habían pasado por lo mismo que yo estaba pasando.
            ––Estoy en El Capriccio con el más rico de mis caprichos ––le dijo al mozo en son de broma y él respondió con una sonrisa procaz que terminó por destemplarme. Me empecé a preguntar si esto de escribir libros no había sido más que un capricho. Un capricho tan previsible como relación con Mariana y con esta loca que seguía pasando sus pies por entre mis piernas.

            El mozo se dio cuenta y sonrió con más ganas. Asqueado de la escena, quise ponerme de pie e irme, pero las piernas me pesaban como nunca.

Orlando Mazeyra Guillén, Perú © 2009

mazeyra@gmail.com

Orlando Mazeyra Guillén nació en Arequipa en 1980. Autor de “Urgente: necesito un retazo de felicidad” (2007). Ha publicado en Ciberyallu, Hermano Cerdo, Proyecto Sherezade, Destiempos y en otras tantas revistas literarias virtuales. Su cuento "Bandeja de entrada” recibió una mención en la Feria del Libro de Trujillo, Perú, 2009. Puede visitar su bitácora personal: Manuscritos de un diletante

Lo que el autor nos dijo sobre este cuento:
El verano peruano en una ciudad serrana como la mía me resulta por demás insufrible. Nunca falla; a comienzos de año (enero, febrero), Arequipa no se ofrece hospitalaria conmigo: el frío, la ansiedad y la depresión danzan sobre mi cama, mi escritorio y sobre el mismo teclado. “Un café en El Capriccio” es otra vacuna más contra la desesperación que me provoca el talento perdido. ¿Acaso me acosté con madre e hija a la vez? Responder eso me tomaría tanto tiempo como el indagar si alguna vez tuve talento. ¿Qué es el talento? Y aquí me detengo porque presiento que ya estoy escribiendo otra historia y con este “capricho”me basta… Al menos por el momento. Después, no sé, pero tengo un ansiolítico en el bolsillo.

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