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Los mercados

La enfermedad de mamá empeoró a finales de aquel año. Por ese entonces ya vivíamos solos. Papá había muerto en un accidente de carretera hacía más de cinco años. Gracias a gestiones familiares la pudimos internar en una modesta clínica particular —«La mano del Señor»— que administraba un tío lejano que durante su juventud había sido un conocido pastor evangélico que predicaba en pueblos amazónicos.

De pronto tuve que lidiar con la vida en soledad.

Nunca imaginé que el primer problema sería la comida. No estaba acostumbrado a comer fuera de casa y lo que más odiaba era almorzar o cenar en los mercados. Había dos muy cerca de mi casa. Desde joven me había prometido que, así pasara por las peores penurias económicas, jamás comería en los mercados.

Dicen que la mejor manera de hacer reír a Dios es contándole nuestros planes. Aquella reflexión —que se disfrazaba de maldición— la recordaba con cierta desgana mientras subía las gradas para acceder a la segunda planta del mercado San Camilo donde había una gran cantidad de puestos de comida. ¿Qué había hecho mal? ¿Por qué mi vida había terminado así? Tomando un espantoso caldo de cabeza de cordero y, luego, tragando sin saborear un ají de calabaza.

¡Mamá, tienes que recuperarte!, decía para mis adentros, pues no estaba en condiciones de soportar esa vida: comiendo al lado de desconocidos, gente de toda clase y edad, viejos y jóvenes, señores de saco y corbata y ancianas con bastón y achaques que, de alguna forma, me hacían recordar a mamá. Así también conocí a los «agachaditos», personas que comían de pie, agachándose para tomar la sopa y en posiciones que me resultaban harto incómodas pero que ellos, al parecer de alguna forma inexplicable, disfrutaban.

—¿No quisiera sentarse? —le pregunté a una joven esbelta, morena, de pelo corto que siempre iba con un traje sastre de color azul obscuro.
—Así estoy bien —me respondió—. No tengo mucho tiempo. Tengo que volver al trabajo.
—¿Y en dónde trabaja? —me atreví a preguntarle y la miré fijamente mientras ella agotaba su sopa.
—En la lanera Ugarte, soy la recepcionista. ¿Y usted?

Me quedé en blanco. Había perdido mi último trabajo hacía medio año y me pasaba los días resolviendo crucigramas y leyendo novelas de ciencia ficción (mis favoritas desde la infancia). No supe qué responderle. ¿Habría escuchado hablar de Ray Bradbury, Isaac Asimov o Robert Heinlein? No podía subestimarla, si lo hacía la cosa no iba a avanzar. Yo quería que avanzara. Tal vez hablándole de Verne o contándole su vida haríamos buenas migas. Pensaba y pensaba mientras ella, señalándome con la cuchara, esperaba una respuesta.
—Soy periodista —hablé por fin haciendo acopio de valor.
—Ah, ya veo —enarcando las cejas—. Y no hay mucho trabajo, ¿no?
—Sí que lo hay… pero no en lo que me gusta.

Se aprestaba a irse. Le pregunté si la podía acompañar hasta la lanera y ella accedió tratando de ocultar la incomodidad (o la sorpresa).
—¿Y qué es lo que te gusta? ¿Te puedo tutear?
—Claro, claro —y me sonrojé, la timidez, siempre la vieja timidez que me jugaba en contra.
—Dime tu nombre primero.
—Isaac —se me ocurrió de pronto. Sí, por Asimov—. ¿Y tú?
—Johanna. ¿Eres de aquí?
—No, nací en Arica, mi padre es chileno y mi madre peruana. Tengo las dos nacionalidades.
—Mira tú —dijo con tono burlón—: un periodista chileno.

No supe cómo seguir. Algunos peruanos tratan mal a los chilenos. Inclusive en algunos aflora un odio cerval (ciego, aniquilador). ¿Sería este el caso? Siempre la maldita Guerra del Pacífico que nadie quería olvidar.

—Pero no tienes dejo —me comentó—. No hablas como ellos.
—Nací en Arica y pero vivo acá desde los cinco años. Aquí me eduqué, estudié y de aquí no me moveré.
—Yo, en cambio, me muero por irme.
—¿A dónde?
—A la capital, en Lima hay más oportunidades, más trabajo, más modernidad. Estoy cansada de vivir aquí.
—Yo no puedo dejarla, no puedo —me dije en voz alta.
—Ah, tienes esposa.
—No, no —retruqué de inmediato.
—¿Novia?
—Tampoco.
—¿Entonces?
—Hablo de mamá: mi madre está enferma, tiene un cáncer linfático.
—Cuánto lo siento, Isaac. ¡Qué pena, espero que se recupere!
—¿Isaac? —y me vino un ataque de risa. Sí, los mismos que le venían a mamá de un momento al otro y caía al suelo o a la cama y no paraba. Yo tenía que peinarla con fuerza hasta que se le pasara. Esa era una vieja creencia familiar. Un cepillo o un peine y casi jalarla de la melena hasta que todo el incómodo espectáculo acabara: el dolor en el vientre y las lágrimas en los ojos.
—Sí, Isaac, Isaac —repitió sin entender.
—En realidad no me llamo así, estaba bromeando… Me llamo…
—Shhhhh —me interrumpió poniendo su dedo índice sobre mis labios—. No me lo digas, sólo dime si te irías conmigo a Lima.

Sentí que bromeaba. Me estaba tomando el pelo. Nos acabábamos de conocer en un mercado populoso y ahora me ofrecía irme con ella a la capital. Y volvió aquella maldición: ¿Quieres hacer reír a Dios? Entonces cuéntale tus planes.

Quedaba apenas una cuadra para llegar a la puerta principal de la lanera Ugarte y caminábamos en silencio. Contemplé sus formas. Traté de imaginar su cuerpo escondido detrás de ese traje sastre. Sus caderas, nalgas, su pequeña cintura. El deseo y las ganas de invitarla a casa para tomar un café o para comer algo. Sí, poder comer otra vez en casa.
—¿Sabes cocinar? —le pregunté con una curiosidad desbordante. Era la pregunta definitiva.
Sembró una sonrisa que jamás podré olvidar, una sonrisa que iluminó la tarde.
—Por supuesto.
—Entonces sí —le dije deprisa—, hasta el fin del mundo.

Ella me besó la mejilla y me dijo, burlona, consciente de que yo no quería dejarlo ahí: «Chau, Isaac».

Me dirigí a casa sin saber qué hacer. Estaba prendado de Johanna, de sus deseos de irse a la capital y empezar de cero. Creí, de buenas a primeras, que eso era lo que también me faltaba a mí: un cambio de aire, de entorno, quizá en Lima podría conseguir algún trabajo. Sí, el periodismo cultural era un oficio en extinción en todas partes pero en la enorme ciudad con tantos diarios y radios había, en efecto, más oportunidades. Pero, ¿qué haría con mamá? ¡Ella no está en casa!, exclamé mientras el semáforo se pintaba de color ámbar. Tendría que ir a la clínica a contarle que por fin me había ocurrido: estaba enamorado. Se llamaba Johanna, era hermosa, trabajadora y además sabía cocinar. ¿Qué más le podía faltar? Mamá se sentiría feliz por mí. Sí, apuesto a que disfrutaría de aquella noticia.

Cuando llegué a casa sonó el teléfono. Me sorprendió que aquel aparato siguiera funcionando pues todavía no había cancelado el recibo del mes pasado.
—Aló —dije pensando en Johanna: sus manos preparando una ensalada en la cocina de la casa.
—Su madre falleció hace casi una hora —me informó una empleada de la clínica—, lo estuvimos llamando y nadie respondía. Tendrá que venir a realizar todos los trámites para el sepelio.
—Sí, entiendo —llegué a balbucear—. ¿A qué hora?
—De ser posible en este mismo momento, señor.
—Sí, entiendo —repetí mecánicamente y cerré los ojos. La cocina de la casa era tan grande que bien podían cocinar juntas mi mamá y Johanna. No entendía nada. El día había sido tan intenso para mí, tan distinto, caminando con ella por el centro de la ciudad. La dicha se esfumó y volvió la realidad. Recordé aquel comienzo de la novela de Albert Camus: hoy mamá ha muerto.

Cuando tomé el taxi en dirección a la clínica no más pensaba obsesivamente en cómo haría para volver a ver a Johanna. ¿Esperarla en el comedor del mercado o hacer guardia en la puerta de la lanera Ugarte? ¿Debía invitarla al velorio o pasar por alto todo este dolor familiar y seguir siendo Isaac?

Cuando vi el cadáver de la mujer que me trajo al mundo, no lloré. Sólo alcancé a decirle: «Me llamo Isaac». Le besé la frente antes de agregar: «Ahora me gusta almorzar en los mercados».

Nunca sabré por qué le acomodé la almohada antes de salir de la habitación de la clínica.

Orlando Mazeyra Guillén, Perú © 2015

mazeyra@gmail.com

http://orlandomazeyra.blogspot.com/

Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980) ha publicado tres volúmenes de narrativa: Urgente: necesito un retazo de felicidad(2007), La prosperidad reclusa (2009) y Mi familia y otras miserias (Lima: Tribal Editores, 2013), sobre el cual existe un blog:
http://mifamiliayotrasmiserias.blogspot.com/

© Fotografía del autor tomada por Johanna Zenteno, 2010.

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